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Debate no incluyó tecnología ni infraestructura escolar en crisis: hubo puyazos y enfrentamientos que tensaron el intercambio

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El debate presidencial del martes 31 marcó un punto de quiebre en la dinámica que veníamos viendo. Por primera vez en esta contienda, el nivel general estuvo por encima de lo esperado.

Sin dejar de lado la confrontación —que fue intensa—, el intercambio permitió distinguir con mayor claridad quién tenía propuestas estructuradas y quién seguía dependiendo del impacto discursivo.

Hubo consensos básicos, como cerrar la brecha digital, ampliar el acceso a internet o mejorar las condiciones docentes, pero también diferencias claras en el cómo.

El balance es claro: más contenido que en jornadas anteriores, aunque todavía con excesos de confrontación.

Un debate más exigente

A diferencia de las jornadas previas, el formato empezó a cumplir mejor su función. La presión del tiempo obligó a sintetizar, y eso favoreció a quienes llegaron preparados.

Aun así, el debate no escapó del todo a los “puyazos” y enfrentamientos directos, que por momentos volvieron a tensar el intercambio.

La diferencia estuvo en que esta vez varios candidatos lograron sostener propuestas bajo presión. Ya no fue solo un espacio de ataque; empezó, aunque parcialmente, a ser un espacio de contraste.

Cuatro participaciones que marcaron la jornada

Marisol Pérez Tello tuvo una de las intervenciones más sólidas de la noche. Combinó preparación técnica, claridad conceptual y capacidad de confrontación.

Puso cifras sobre la mesa, estructuró sus propuestas y conectó educación con productividad.

Su principal debilidad fue el uso intensivo del tiempo en confrontaciones, lo que le restó espacio para profundizar el cómo de sus planteamientos.

Keiko Fujimori mostró experiencia. Manejó la presión, administró sus tiempos con precisión y mantuvo un tono controlado incluso en los momentos de mayor ataque.

Sus propuestas fueron claras en lo operativo, especialmente en educación y apoyo a Mypes, aunque su problema de credibilidad sigue presente.

Roberto Sánchez consolidó su posición ideológica. Fue firme, directo y coherente con su narrativa de izquierda.

Representó con claridad a su electorado, pero volvió a evidenciar debilidades en la viabilidad económica de sus propuestas.

Rafael López Aliaga apostó por su línea habitual: un discurso antisistema fuerte. Conectó con el malestar ciudadano, pero volvió a mostrar su principal limitación: falta de sustento técnico y dificultades para responder bajo presión.

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